Populismo con los complementos de jubilación de parlamentarios

Opinión - Víctor Rodríguez

OPINIÓN | Da igual que la popular Celia Villalobos defendiera hace unos días en un programa televisivo los complementos de jubilación de diputados y senadores aprobados en 2006 (pensión los denominaba el moderador del programa, con el BOE en la mano). También da igual que su partido político hace menos de un mes en las mesas del Congreso y Senado rechazara la propuesta de suprimir dicho complemento, que había sido formulada por Rosa Díez, líder de UPyD. Todo da igual, porque ya es leyenda urbana: los políticos son unos privilegiados en activo y jubilados.

Pierde el tiempo quien se esfuerce en hacer pedagogía sobre que son 70 los parlamentarios jubilados que tienen reconocido dicho complemento con una aportación media de las Cortes de 1.066 euros mensuales. De nada servirá señalar que se trata de parlamentarios, en su mayoría, de las primeras legislaturas que venían de la clandestinidad o del exilio y no cotizaron lo suficiente para tener la pensión máxima. Tampoco servirá de nada referir que sus señorías no cotizan durante su permanencia en las Cámaras, con las obvias consecuencias en su prestación final si no recibiera algún complemento. La leyenda los sitúa como jubilados y con pensión máxima por estar 11 años en las Cámaras. Más aún, la dirigida leyenda señala que sus señorías salen de las Cámaras con pensiones vitalicias con siete años de parlamentario.

Rajoy se propone pedir al Congreso de los Diputados que revise dicho sistema de compensación de pensiones y se elimine cualquier cosa que pueda suponer un privilegio respecto al resto de ciudadanos. También podía solicitar la eliminación de las indemnizaciones por cese de actividad a las que tienen derechos sus señorías; así como la devolución al Estado de los salarios de los cargos políticos que además cobran del partido y la devolución de la pensión vitalicia de 80.000 euros anuales que percibe del erario público su propio presidente honorífico, Aznar.

Esta propuesta alimenta la leyenda urbana sobre los privilegios de la clase política, atiza el fuego de la desafección política y favorece la crispación tabernaria cuando sindicatos, empresarios y Gobierno están negociando la reforma del sistema de pensiones. Bien parece obedecer al cuanto peor mejor, esta vez haciendo populismo con un puñado de complementos de parlamentarios jubilados (el 1,94 por ciento desde 1977) justo cuando en España es necesario y conveniente alcanzar un pacto social.

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