Bellísima nada

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Penélope| La etapa Pentación del Festival de Mérida ha supuesto una bicoca para el tándem Mira-Hernández. Cuatro montajes programados en las siete últimas ediciones —seis años— se le antojan demasiados al cronista, atendiendo estrictamente a los méritos artísticos exhibidos hasta el momento. Juntos, y revueltos, Magüi Mira —desde la dirección y, cada vez más, encargándose de los textos— y Emilio Hernández —habitualmente procurando que la dramaturgia no se venga abajo, aunque sin demasiado éxito—, han sido los responsables de algunos espectáculos perfectamente olvidables (‘César y Cleopatra’, 2015; ‘Las amazonas’, 2018), pero también de una pertinente comedia (‘Pluto’, 2014), que dignifica, siquiera mínimamente, su expediente.

Ahora le toca el turno, nada más y nada menos, que a la ‘Odisea’ de Homero, que había caído en el olvido de la programación emeritense —si la memoria no nos falla— desde 2006, cuando fue abordada por partida doble: como recuerdo del éxodo gitano en ‘Ítaca’, con texto de Félix Grande y dirección de Francisco Suárez; y como (re)creación literaria en ‘Odiseo y Penélope’, donde el Nobel Vargas Llosa era, a la vez, juez y parte, autor y protagonista de las (revisadas) peripecias de Ulises.

Catorce años después, avalada por la corrección política imperante y espoleada por las clásicas (re)lecturas feministas de las ubicuas Mary Beard y Bettany Hughes, por la reedición de ‘Penélope y las doce criadas’ de Margaret Atwood y por el éxito superventas de la ‘Circe’ de Madeline Miller, Mira ha construido un relato que erige a la mítica sufridora pasiva de las aventuras del rey de Ítaca en la auténtica protagonista del (melo)drama. Y la cosa, para qué engañarnos, le ha quedado regulera. Su texto se mueve entre la nada y la más absoluta de las miserias, aunque su tesis queda meridianamente clara: Penélope es la única dueña de su destino. Bien está que así sea. Mas no espere el espectador poesía ni emoción. Lo que va a ver y escuchar es una narración plana que, pese a su brevedad, condena al aburrimiento.

Ceder la voz y la palabra a Belén Rueda —cuyo currículum teatral es alarmantemente exiguo, tratándose de alguien que ya ha vivido 55 primaveras— suponía todo un riesgo. Y la apuesta no acarrea ganancia ni pérdida. Cumple la debutante en Mérida, pero no consigue transmitir a su personaje (ni al ‘enmascarillado’ público) la autoridad mínima exigible a la (re)formulación de un argumento clásico. Tampoco ayuda en demasía su compañero de fatigas, Jesús Noguero (Ulises), uno de los mejores actores de este país, que, en esta ocasión, se excede en el tono —salvo en el ensoñador episodio que comparte con Muriel Sánchez (Nausicaa)— y se mueve torpemente por la escena, incluso en los excesivos sobeteos a la protagonista —desmesurados para un montaje tan descaradamente feminista—. Se salva María Galiana, que declama los parlamentos de su Euriclea a la manera antigua, como lo hacían la Xirgu y compañías mártires un siglo atrás. Y vuelve a rozar el ridículo Maxi Iglesias, que ya demostró sus limitaciones en ‘Las amazonas’ y ahora vuelve por donde solía.

Pero en un montaje tan lamentable no todo son malas noticias. La estampa que dibujan, al alimón, la coreógrafa (María Mesas) y los diseñadores de la escenografía (Curt Allen Wilmer y Leticia Gañán) deja para la historia momentos de gran belleza plástica, cargados de una fuerza arrasadora: contemplar a un coro de acechantes nobles buitres encaramados a cuatro metros de altura sobre una hilera de turbias escaleras vale el precio de la entrada; lo mismo que admirar las apariciones del dúo protagonista sobre los brazos de un majestuoso olivo milenario alumbrado radiantemente por José Manuel Guerra. Escaso rédito, en cualquier caso, para un espectáculo más resultón en foto que en vivo y en directo.

Al cabo, esta Penélope se parece más a la de Serrat que a la de Homero. Harta de estar harta y sola ante el peligro, tras una guerra y un sinfín de peripecias, durante veinte años, parece decirle a su amante regresado aquello que escribió el ‘Noi del Poble-sec’: “Tú no eres quien yo espero”. Aunque no se queda, como la ilusa de la canción, con su bolso de piel marrón y sus zapatitos de tacón, sentada en la estación. Se pira. Para siempre. A su manera.


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