(Mucha) razón y (no pocos) sentimientos

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Antígona | ¡Por fin! Al enésimo espectáculo dirigido por José Carlos Plaza en el Festival de Mérida, desapareció la sensación de ‘déjà vu’. Hasta ahora, con mayor o menor fortuna, los montajes del director madrileño exhibidos en el Teatro Romano dejaban en el cronista una recurrente sensación de indiferencia ante lo ya visto. Ya saben: ni fu ni fa; ni chicha ni limoná… De hecho, Plaza ostenta el dudoso honor de provocar que un servidor cayera por primera vez en los brazos de Morfeo —tras cinco lustros y centenares de funciones resistiéndose a hacerlo— durante una representación teatral.

Lo de esta vez, por ventura, es distinto. Cierto es que se mantienen algunos de los tics que vienen caracterizando su sello personal. Verbigracia: el barroquismo estetizante en todas las áreas de la dirección artística o el incomprensible ruidismo —vendido como música— impuesto por Mariano Díaz. Pero, aquí y ahora, maneja las riendas de su puesta en escena con una dulzura que ya se echaba de menos. Aunque, a decir verdad, gran parte de la culpa de que este ‘Prometeo’ sea un espectáculo disfrutable la tiene la versión de Luis García Montero, que definitivamente ha llegado para quedarse al universo teatral, para preñar de lírica la escritura dramática.

El excelso poeta granadino desdobla a su protagonista en dos: el joven titán castigado por su osadía de desafiar al poder y el anciano que, desde el futuro, evidencia que sabe más por viejo que por diablo; la imberbe rebeldía enfrentada al ajado espejo que le devuelve el rostro del lacerante porvenir. “Tienes respuestas para todo”, advierte el Prometeo joven. Y el veterano Prometeo aclara: “Porque lo he pensado todo”.

Sostiene García Montero que “hay que habitar el texto con las propias inquietudes”, y se afana en trufar su (re)visión de Esquilo de razón y sentimientos, subrayando la peligrosidad de que ambos conceptos vayan por separado. Por encima de los diálogos sobrevuela el debate acerca de la determinante hazaña de Prometeo, que robó el fuego a los dioses para entregárselo a los hombres, condenándolos a la lucidez y, por lo tanto, a la infelicidad.

De amplificar el alcance de las palabras y reflexionar sobre la pertinencia del mítico robo se encarga el gran Lluís Homar, que se agencia los más emocionantes parlamentos y cuya sola presencia justifica el precio de una entrada que, sin embargo, la mayoría del público adquiere para comprobar in situ las limitadas interpretaciones de Fran Perea y Amaia Salamanca. Muy por encima de estos se sitúa el trabajo de tres notables secundarios: Fernando Sansegundo, Israel Frías y Alberto Iglesias, que aportan empaque a sus personajes, los verdaderos tejedores de la trama. Y muy por debajo el coro, al que le toca bailar con la más fea de las tareas, hablar al unísono, con resultados irregulares.

Paco Leal ubica esta versión de los acontecimientos en el desván de la Historia, en el reino de la nada… una epatante composición en la que acopia lo más granado del arte parido por la humanidad alumbrada por Prometeo. Los fotógrafos y los camarógrafos lo agradecen —pues su trabajo resulta más vistoso—, pero el cronista no termina de ver allí el monte caucasiano en el que fue encadenado el titán. La que sí aparece omnipresente es Etón, el águila que se encargaba de comer cada día el hígado del condenado, que por mor de su inmortalidad se volvía a regenerar cada noche. Como el aplauso del respetable al término de cada función.

 

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