'Antígona de Mérida': entre la memoria histórica y el histórico olvido

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

El festival de las 'antígonas', el 57º Festival de (teatro casi clásico) de Mérida, el festival femenino y feminista dirigido al alimón -aunque unas críen la fama y otras carden la lana- por Blanca Portillo y Chusa Martín, arrancó el pasado viernes con la puesta de largo de 'Antígona de Mérida', que se estrenó a medio gas, con un (im)perfecto (des)equilibrio entre sus buenas intenciones y sus lamentables resultados artísticos.

Su punto de partida no podía ser más atractivo: trasladar la particular rebeldía contra la tiranía de Antígona a la resistencia popular de los avasallados rojos en la Guerra Civil española; equiparar la (vital) necesidad de la hija y hermana de Edipo de dar digna sepultura a su hermano Polinices

-contraviniendo las leyes de cuando entonces- a los deseos de reconocimiento de los caídos en acto de servicio (a una patria cainita) en la mayor lucha fratricida de nuestra historia nacional. Lo que ocurre es que, por el camino, el autor del invento -el dramaturgo extremeño Miguel Murillo-, desprecia el carácter universal de uno de los más reconocibles mitos de la antigüedad reduciendo a pinceladas localistas sin capacidad de trascendencia un argumento (hasta ahora) inmarchitable. Sucede entonces que, lo que se pretende un homenaje -justo y emotivo- a la memoria histórica legislada recientemente por el decadente gobierno progresista de nuestro país, queda limitado a un esbozo premeditadamente doméstico que, mucho nos tememos, caerá en un histórico olvido.

 

Y duele al cronista reconocer que esto sea así, pues aprecia en la 'Antígona de Mérida' un esfuerzo ímprobo por rizar el rizo metateatral al envolver un puñado de acontecimientos reales -la entrada de las tropas nacionales en la actual capital extremeña en 1936 y las primeras representaciones modernas en el Teatro Romano, protagonizadas por Margarita Xirgu y dirigidas por Cipriano Rivas Cherif- en la necesaria ficción que permita al espectador la identificación absoluta con aquello que se mueve sobre el escenario. Mas sucede, de nuevo, que las causas superan a las consecuencias, y el juego (seudo)cultural se reduce a unos cuantos guiños para (grandes) conocedores de la (intra)historia del Festival de Mérida que, en el mejor de los casos, mantiene tibia la temperatura emocional del resto de ocupantes de la cavea.

Tampoco ayuda demasiado a que la cosa remonte el vuelo el elenco artístico: Bebe, cuyo personaje -Margarita- es un (in)disimulado homenaje a la (re)descubridora del Teatro Romano, encarna con su desgana ordinaria a la protagonista del artefacto (melo)dramático; Helio Pedregal aprueba por los pelos -las tablas le salvan de la quema- en su doble papel de capitán de los ejércitos y de tiránico Creonte; Celso Bugallo no atina a la hora de afrontar al personaje más adorable de la obra, el maestro (republicano) don Dimas, al que ofrece una voz apagada y trastabillada que impide mayor empatía; y Pepe Viyuela borda -aunque rozando la sobreactuación- el tragicómico tándem, ciego de cuatro ojos, que atiende por Prudencio y por Tiresias. Su trabajo es lo único destacable de una función en la que la nueva directora de la Compañía Nacional de Teatro Clásico, Helena Pimenta, rebaja, de manera alarmante, el nivel de sus aplaudidas puestas en escena 'shakespeareanas' -¿qué pinta el caballo blanco de Santiago (y cierra España) cruzando la escena sin motivo? ¿por qué siempre 'Suspiros de España' para ilustrar musicalmente la guerra (in)civil? ¿por qué?-.

 


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