El trabajo de las mujeres

Opinión - Paqui Chaves Sánchez

www.nosolomerida.es | Opinión | Paqui Chaves Sánchez | Hace algunos días, Joan Rosell, presidente de la Confederación de Empresarios, aseguraba que la incorporación “definitiva” de la mujer al trabajo es un dato positivo pero supone un problema para que haya trabajo para todos. No pretendo yo aquí darle respuesta a este señor, ya ha obtenido las merecidas duras críticas y exigencias de rectificación, de la misma manera que sucede cuando algunos dirigentes de la iglesia católica en España o cualquier otro lumbrera consigue su minuto de gloria despotricando contra el papel de las mujeres si no es el que ellos consideran adecuado: metiditas dentro de casa, sin pensar demasiado, que luego podemos conseguir cambiar el mundo y acabar con sus privilegios de macho alfa.

Es más bien la necesidad de expresar mis sentimientos lo que me lleva a escribir ahora. Después de tanto tiempo escuchando estas y otras paparruchadas de seres egoístas, misóginos y mediocres siento una gran indignación, impotencia y tristeza. Indignación porque hemos recorrido mucho camino y nos hemos sacrificado mucho las mujeres para defender nuestro derecho a ser consideradas personas independientes e inteligentes. A lo largo de la historia los reflejos de esta lucha han quedado patentes y nunca agradeceremos bastante a tantas mujeres el ejemplo que nos han dado y los logros conseguidos, pero me quiero referir aquí al esfuerzo diario de cada una de nosotras por avanzar en nuestra incorporación al mundo laboral, por lograr la independencia económica, por poder exponer nuestras ideas, por abrirnos un hueco en este mundo hecho por y para los hombres, por ganarnos el ser tratadas con respeto y por dejar a nuestras hijas una vida algo más fácil y menos machista.

Las niñas de mi generación fuimos educadas en las faenas de la casa y las labores, con suerte podíamos estudiar pero las vacaciones eran para ayudar a las madres, naturalmente sólo las chicas. Había algunas mujeres que trabajaban fuera de casa después de estar casadas pero lo normal es que aquellas que trabajaban de solteras lo dejaran cuando se casaban, y así fuimos creciendo en un mundo en el que, salvo para aquellas profesiones como las sanitarias y poco más, ver a una mujer casada trabajando era símbolo de precariedad económica.

Nos costó mucho incorporarnos al mundo del trabajo, a las que lo hicimos después de haber tenido hijos nos costó dentro y fuera de casa. Somos la generación de la doble jornada: la del trabajo remunerado y la de llevar adelante la casa sin más ayuda que nuestro esfuerzo; nos acostábamos las últimas y nos levantábamos las primeras. Cuando reclamabas ayuda (lo de compartir vino después) la única opción era dejar de trabajar, algo que muchas mujeres como yo nunca quisimos hacer.

Fuera de casa nos tocó enfrentarnos al machismo reinante más o menos solapado y no sólo al de los hombres. También a los mismos problemas que aquejaban a los varones, porque el hecho de ser mujer no te libraba de ellos. Todas las cosas que nos ha tocado superar cada día creíamos que servían para dejar a nuestras hijas un mundo más igualitario, un lugar en el que el  mundo laboral fuera cosa de las personas y estuviera en función de su cualificación profesional, no de su sexo, pero periódicamente aparece alguien que quiere devolvernos al lugar que consideran adecuado para nosotras: la casa, aunque lo hagan de manera condescendiente como es el caso.  

Siento impotencia porque cualquier machito iluminado puede decir todas las barbaridades que se le ocurran contra las mujeres y nunca pasa nada. Lo que ha hecho Joan Rosell no es ni más ni menos que culpabilizarnos a las mujeres de los problemas para encontrar trabajo, del desempleo. Es como si todas nosotras nos hubiéramos llevado todo el dinero público que se han repartido en comisiones y prebendas tantos y tantos corruptos como estamos viendo cada día, como si fuéramos nosotras las que hemos obligado a todos los dirigentes de las empresas que aparecen implicadas en los casos de corrupción a pagar esas comisiones a cambio de contratos públicos y por eso ya no se pudiera invertir en crear todos los empleos que se necesitan para salir de la agonía a la que están sometiendo a tantas personas en este país. Atentan contra nuestro derecho constitucional al trabajo y no pasa nada. Lo hace además la persona que representa a un colectivo fundamental en el mundo laboral como es el empresarial, que debería ser quien velara por la igualdad de oportunidades, y no pasa nada. El machismo y la misoginia no se consideran agravantes de comportamientos, más bien cotizan al alta y son jaleados por quienes nunca han considerado a las mujeres como personas con los mismos derechos. Y no pasa nada.

Qué tristeza me produce comprobar que más de 2000 años después del nacimiento de Cristo haya hombres que quieran volver a la polis de Atenas 500 años antes de Cristo. Sí, Atenas, la creadora de la democracia y del gobierno del pueblo por el pueblo, aquella ciudad-estado en la que podían votar y ser elegidos todos los ciudadanos. Pero sólo eran considerados ciudadanos los varones nacidos de padres atenienses, no eran ciudadanos ni los extranjeros, ni los esclavos ni las mujeres. Tener una democracia no garantiza igualdad de derechos y oportunidades. Ni tampoco la opinión de descerebrados machistas y misóginos como escuchamos un día sí y otro también es la forma de pensar y actuar de todos los hombres, pero esas palabras son un mal ejemplo para tantos chavales y jóvenes que están formando su propia opinión y comportamiento.

La independencia económica de las mujeres es uno de los pilares fundamentales para conseguir avanzar y terminar con tanta violencia de género, tantas muertes de mujeres a mano de sus parejas o exparejas, tanta humillación y falta de respeto como tienen que sufrir aquellas que optaron por dedicarse a cuidar de sus hijos y su familia, renunciando al mundo laboral, y al cabo de los años o cuando las convivencia se ha roto, se dan cuenta que se quedaron sin nada, que perdieron todas las oportunidades. La independencia económica no es la única garantía para los derechos de las mujeres pero sí es fundamental, de aquí la gravedad de encogerse de hombros o mirar para otro lado permitiendo que queden impunes opiniones y comportamientos como estos.           

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