Cultura de usar y tirar

Opinión - Cartas

A la chita y callando el partido que nos lleva gobernando casi treinta años en Extremadura está desmontando el entramado cultural de nuestra región que, independientemente de sus defectos y carencias, constituye una de nuestras riquezas y un factor de desarrollo económico, social y educativo. Recientemente, las compañías de teatro de nuestra Comunidad Autónoma han denunciado la “supresión total de las ayudas por parte de la Junta a este sector”. Antes de recortar el escandaloso abuso de coches oficiales, los complementos vitalicios a los ex altos cargos, sus dietas y gastos de representación, las fundaciones, consorcios y patronatos parasitarios, las empresas públicas deficitarias, las duplicidades y despilfarros, el gobierno extremeño ha metido tijera en cultura y ni siquiera tiene la gallardía de dar la cara y anunciarlo públicamente .

Considerar a la cultura un factor desechable, revela la falta de criterio estratégico de la Junta de Extremadura y pone en evidencia el utilitarismo oportunista que se escondía bajo su política cultural. Eso, o que la situación económica es más grave de lo que se reconoce y no hay valentía para anunciarlo públicamente. Hace menos de dos años se anunció a bombo y platillo un Plan Director de las Artes Escénicas de Extremadura que ha quedado en papel mojado, así como un plan de modernización y dotación técnica de la Red de Teatros de Extremadura. que sólo se hizo realidad sobre el papel. Esto es un botón de muestra de lo que nos espera tras la convocatoria electoral. Recortes indiscriminados, empobrecimiento generalizado y una nueva patada a la Constitución, esta vez a su artículo 44: “Los poderes públicos promoverán y tutelarán el acceso a la cultura, a la que todos tienen derecho”.

Si hay que recortar porque no se pueden cubrir los servicios esenciales, que se recorte, pero no antes de suprimir los privilegios de la casta que nos gobierna y que hemos citado más arriba. La cultura en esta región se ha convertido en una herramienta propagandística y en una plataforma clientelar que ha pervertido su aprovechamiento como instrumento de desarrollo y mejora de la calidad de vida de los ciudadanos bajo criterios de calidad y excelencia. Ha sido un juguete en manos de los políticos obnubilados por las bondades de la burbuja inmobiliaria que han subordinado la cultura a las exigencias del sector de la construcción (macroedificios insostenibles y casas de cultura por doquier carentes de personal especializado muchas de ellas). Brilla por su ausencia un sistema de evaluación independiente de los programas desarrollados, prevalece un dirigismo asfixiante y una falta de criterios objetivos en la adjudicación de ayudas. Todo esto y mucho más hacen imprescindible una revisión de la política cultural en su conjunto. Desde el Estado se hace imprescindible una nueva ley de mecenazgo que contribuya a impulsar la actividad cultural a través de la iniciativa privada y no sólo la que favorezca la colaboración entre las instituciones y las grandes empresas, sino la que facilite que cualquier ciudadano pueda hacer aportaciones desgravables a los proyectos culturales de pequeño y mediano formato.

Una cultura dinámica ligada al turismo y la educación bajo criterios de excelencia y sometida a una evaluación permanente, puede ser un excelente agente de desarrollo y creación de empleo en tiempo de prioridades estratégicas. Es imprescindible incorporar de forma más eficaz las posibilidades que ofrecen la sociedad de la información y las nuevas tecnologías a la hora de internacionalizar nuestra oferta cultural. Hay que aprovechar las oportunidades que ofrece la Unión Europea en el marco de la Estrategia Europa 2020 y el Programa Cultura 2007-2013. Por ejemplo, se ha recortado el presupuesto del Festival de Mérida y ni siquiera se ha intentado acceder a fondos europeos de cultura disponibles para festivales que podrían haber paliado los efectos de dicho recorte.

Está claro que se ha acabado la etapa del “café para todos” a cambio de lealtad política caracterizada por la docilidad y la complacencia. Se aproxima el fin de la tutela permanente de la gestión cultural en la región comprando voluntades a través de cargos y apoyos continuados a determinados eventos, independientemente de los resultados conseguidos. Es hora de que se abra una nueva etapa basada en la transparencia y en la participación de la sociedad civil libre de coacciones. En lugar de tirar la cultura al vertedero de los recortes indiscriminados, se hacen necesarios un cambio radical de unos hábitos de funcionamiento fracasados y un plan de choque de apoyo a la actividad cultural bajo criterios de independencia y calidad. Más vale tarde que nunca.

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