Mi primera manifa

Opinión - Península Histérica

www.nosolomerida.es | OPINIÓN | PENÏNSULA HISTÉRICA | Confieso que jamás había acudido a una manifestación. Nunca. Ni a favor ni en contra de nada. Que yo recuerde, a lo más que había llegado, en los días de gloria, fue a verme envuelto en la marabunta que festejaba alguna de las copas de Europa que se adjudicó mi enrachado equipo de fútbol hará una década… porque me caía de paso. Pero, voluntariamente, jamás me había subido a ningún

carro reivindicativo. Era algo así como un parásito sociopolítico, un ser al que corría por las venas sangre resignada. Por escrito era capaz de liarme a goyescos garrotazos con cualquiera, pero en la calle no era nadie. No me manejaba bien en las multitudes. Con frío, me helaba; con calor, me asaba; con lluvia, me encogía; y, con viento, se me secaba el cutis. Me hubiera gustado personificar la cínica frase de Antonio Gamero que aseguraba que como fuera de casa no se está en ningún sitio, pero no podía. Era -para qué demorarme más- parte de la manoseada "mayoría silenciosa". Era, digo, porque lo peor ya pasó. Desde el domingo soy un hombre nuevo. En algún lugar volví a leer esta síntesis de Ralph Waldo Emerson: "La historia está llena, hasta nuestros días, por la imbecilidad de reyes y gobernantes. Son una clase de gentes […] que nunca saben lo que decir y hacer"; y esta lectura entró en combustión con la particular convocatoria del Gran Wyoming contra los recortes del Gobierno: una llamada a permanecer en casa el 14 de octubre a las siete de la mañana, para demostrar que la mayoría silenciosa no piensa muy diferente de la minoría ruidosa. Así que me planté, puntual, en mi primera manifa: metido en la cama, durmiendo a pierna suelta, con todas las consecuencias… para darle en toda la boca a Rajoy.

 

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