Queda la música

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | BACANTES | En la batalla (ética y estética) entre lo apolíneo y lo dionisíaco, el cronista siempre ha cedido (gustosamente) sus simpatías a este último concepto: de los dos antitéticos hijos de Zeus, siempre le resultó más fascinante aquél que unos llamaron Dioniso y otros Baco, el dios del vino y, por añadidura, de todo lo que la ingesta del (glorioso) fruto de la uva representa. Así las gasta la mitología grecolatina, única culpable de sembrar en el imaginario colectivo de sus (indefensos) descendientes las fantasías más seductoras, como las carnales imágenes que dibujan los relatos de las bacanales arcaicas. Será por eso, quizá, que las expectativas ante una nueva puesta en escena de las ‘Bacantes’ de Eurípides se habían disparado; será por eso mismo, a lo peor, por lo que la realidad y el deseo se (des)encuentran de nuevo a la hora de comparar lo propuesto con lo resultante.

Porque el espectáculo que ha conseguido incluir en la programación del Festival de Mérida un pertinaz grupo de teatreros extremeños tras años de lucha en los despachos no alcanza la categoría deseada (y exigible) para convertirse en una de las seis (únicas) propuestas de un certamen cuyo prestigio (inter)nacional va camino de verse reducido a un (grato) recuerdo del pasado por culpa de una gestión miope, necia y caciquil que viene de lejos. “Lo mejor de todo es que tiene sello de Extremadura”, advierte la prensa provinciana que luce el nombre de nuestra región en su cabecera; lo mejor, y lo peor, añade el cronista, que desconfía desde siempre de los certificados de denominación de origen y cuya firmeza contra las limitaciones que imponen las fronteras es antediluviana: Extremadura, mientras no se demuestre lo contrario y salvo honrosas excepciones, no cuenta con profesionales de la talla mínima precisa para figurar en los carteles de un festival que ha acogido a lo largo de sus setenta y nueve años de historia a los actores y directores más reputados de la escena nacional y foránea; y el Teatro Romano no debería ser utilizado para prestigiar el currículo de nuestros domésticos artistas, sino, muy al contrario, para lucir únicamente a aquellos que potencien su humanitaria patrimonialidad.

Se salvan de la quema de esta extremeña propuesta la etílica escenografía diseñada por Diego Ramos, que convierte la escena en una resacosa postal merced a la disposición aleatoria de unas tinajas vacías que confirman, en cualquier caso, el inevitable hórror vacui con que castiga la inexperiencia; y un lisérgico aparato visual que envuelve con gusto los excesos mostrados. No se puede decir lo mismo, sin embargo, de los ritos dionisíacos, cuya extática ausencia coreográfica queda desaprovechada por la abandonada dirección de unas bacantes extremadamente monótonas, escasamente creíbles como sobreactuadas vírgenes de la lujuria. Otro tanto sucede con el descompensado trío protagonista, del que sobresale, por oficio, un Críspulo Cabezas (Dioniso) que se gusta como chamán mitológico pero que no logra sobreponerse a la inoperante presencia de sus sometidos, Domingo Cruz (Penteo) y Paca Velardiez (Ágave).

Lo mejor, sin duda, es la presencia de la única verdadera estrella del montaje, el dj británico Matthew Herbert, que retoma aquí una de sus principales obsesiones: la música conceptual. Un extenso surtido de registros sonoros vocales y corporales extraídos de los propios intérpretes durante los ensayos sirve al músico inglés para adornar su minimalista propuesta melódica, gracias a la cual convierte el bimilenario Teatro Romano en una flamante macrodiscoteca y una clásica tragedia griega en una posmoderna rave en la que la música electrónica hace vibrar a las piedras y, en menor medida, a los espíritus libres que las ocupan durante la función.

 

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