Ardiente frío

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA - Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | FUEGOS | Hay ocasiones en que, como advirtió el agudo Oscar Wilde, la vida imita al arte. Me explico: el pasado miércoles, tras el estreno absoluto de Fuegos en el Festival de Mérida, se celebró una de esas trasnochadas ruedas de prensa en las que, entre delicatesen y tragos, los protagonistas del hecho artístico se vieron obligados a representar el papelón más complicado de su particular opening night, el de comparsas de un circo mediático (mucho) más que arcaico; consciente de lo que se jugaba en el simulacro, la más popular de las estrellonas comparecientes, Cayetana Guillén Cuervo, se plantó ante la selecta audiencia vestida de tiros largos, hipermaquillada y recién peiná, llevando a gala los estropicios que la cirugía estética ha causado en su (cada vez más) menguada figura; por el contrario, las otras tres patas sobre las que se asienta el espectáculo —Carmen Machi, Nathalie Poza y Ana Torrent— despacharon a los plumillas a cara lavada, luciendo un look entre humilde y despreocupado. Como no podía ser de otra forma, en sus parlamentos también se produjeron notables diferencias: encantada de conocerse (y de escucharse), la (falsa) rubia platino de la tele minorista se dirigió a los presentes en el peristilo como si los dioses grecolatinos la hubieran elegido portavoz oficial del Olimpo; en cambio, sus compañeras de fatiga se limitaron a evidenciar su éxtasis y su extenuación tras la entrega derrochada sobre la escena.

 

Viene a cuento este preámbulo porque la reseña de Fuegos podría concluir aquí, de no ser porque mis jefes me obligan a ganarme el sueldo dignamente, a tanto por palabra. Como decía al principio, la vida imita al arte, y lo visto entre (figuradas) bambalinas tras la función inaugural sirve para hacerse una idea bastante aproximada de lo contemplado sobre el escenario durante la larga hora anterior: tres actrices altamente competentes y admirablemente correctas, de cuyas interpretaciones brotaron algunos destellos de emocionante talento, dejaron fuera de combate a un sobreactuado busto parlante a quien el regalo de verse incorporado a la (intra)historia del certamen teatral más veterano de España le viene demasiado grande.

Dicho lo cual, lo primero que cabe preguntarse ante una propuesta como esta es su pertinencia como parte de la programación de un festival de teatro clásico. Cierto es que la firmante del libreto, Marguerite Yourcenar, legó a la posteridad las delicadas y profundas Memorias de Adriano —narradas por Pepe Sancho en primera persona hace tres lustros sobre el mismo Teatro Romano— y otro generoso surtido de aproximaciones al mundo antiguo; pero no es menos cierto que los monólogos encadenados ahora en forma de soliloquio por Marc Rosich para dotar de envergadura dramática a las desgarradoras confesiones sentimentales de la autora francesa poco (o nada) tienen que ver con el microcosmos de dioses y héroes que relataron los autores griegos y romanos de la antigüedad, por mucho que se eche mano de figuras tan identificables como Clitemnestra, María Magdalena o Safo como voceras del desamor.

Hecha esta salvedad, nunca desdeñable en un certamen que año tras año desprecia el criterio en favor de la pela, conviene destacar que Fuegos se erige como un espectáculo más que aceptable, hondo, lírico y romántico; un acto escénico que enseguida despierta la empatía del espectador acanallado, que se ve reflejado como el potencial trasunto de la confidencia más repetida en el texto: “¡Qué aburrido hubiera sido ser feliz!”. Una sobria escenografía, que se limita a enmarcar la acción dramática, y una íntima iluminación, que algún cateto doméstico ha visto como un quiero y no puedo, conceden a la templada puesta de José María Pou un aroma de cercanía y recogimiento que invita a pensar que este proyecto solo explotará todas sus virtudes cuando encuentre un teatro de cámara donde refugiarse tras su periplo veraniego. En espera de que se produzca esa feliz circunstancia, el cronista tiene que conformarse con apreciar el gusto con que Lorenzo Caprile viste de satén la pesadilla del desamor mientras la voz de Rod McKuen se convierte en el leit motiv de una función presidida por dolorosos fragmentos de If you go away, la angustiosa versión anglosajona del Ne me quitte pas breliano; con soportar, en fin, el ardiente envoltorio del temible frío.

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