Teatro para ser leído

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | La tumba de Antígona | Se cumplen ahora treinta años del único antecedente en forma de representación de La tumba de Antígona en el Festival de Mérida. Y este largo paréntesis es del todo comprensible, pues se trata de un texto de extrema complejidad para ser llevado a escena. Entonces, el atrevimiento lo ejecutaron Alfredo Castellón, como director y adaptador, y Victoria Vera, como protagonista. Ahora, la osadía lleva la firma de Cristina D. Silveira, como directora y coautora de la versión junto a Nieves Rodríguez, y de Ana García como encarnación de la princesa tebana. Y tanto ahora como entonces, el resultado artístico deja mucho que desear.

Conviene recordar, porque se nota, y mucho, que esta obra dramática fue antes un ensayo publicado en el exilio por María Zambrano en la revista cubana Orígenes bajo un título muy orientativo: Delirio de Antígona (1948). Y que no fue hasta dos décadas más tarde cuando se publicó en París transformado en un texto teatral sui géneris, atravesado por un largo y denso monólogo de la protagonista, dividido a su vez en múltiples fragmentos que van recogiendo los diálogos entre los principales personajes de la tragedia original de Sófocles. La mezcla de filosofía y literatura convierten a la pieza en un ilustrativo ejemplo de ese bastardo (sub)género que algunos denominan teatro para ser leído, pero que no es más que una hibridación cuasi irrepresentable.

https://www.festivaldemerida.es/wp-content/uploads/2022/08/imagenes-de-escena-la-tumba-de-antigona-16-900x600.jpgSabedora de ello, Silveira abandona a su suerte a su Antígona, situándola en el primero de los planos narrativos en los que divide el montaje. Ahí, Ana García deambula por la cenicienta orchestra sobreactuada, declamando a la vieja usanza, ofreciendo una interpretación un tanto rancia y, por momentos, ininteligible. Sin embargo, la directora —que ejerce también como coreógrafa— (con)centra sus esfuerzos en el segundo plano narrativo, y ahí sí luce su acreditada maestría. Su puesta ensancha y multiplica la profundidad de la escena del Teatro Romano, aprovechando cada recoveco de manera inteligentísima. En ese mundo de las sombras, magistralmente potenciadas por el diseño de iluminación de Fran Cordero, la compañía extremeña Karlik Danza-Teatro vuelve a hacer una vez más lo que mejor sabe: sintetizar la danza contemporánea hasta dejarla en los huesos de una expresión corporal de asombrosa plasticidad. La danza butoh se alía entonces con el expresionismo de Pina Bausch y con la delicada fuerza del Nacho Duato de Castrati para ofrecer una sucesión de estampas dignas de ser coleccionadas.

A ello contribuye sobremanera la ilustración musical firmada por Álvaro Rodríguez Barroso —miembro fundamental de la banda de Robe Iniesta—, que funde aquí sus composiciones para La palabra danzante —un montaje anterior de Karlik sobre la figura de María Zambrano— y para la Antígona presentada por el mexicano David Gaitán hace un par de años en el propio Festival de Mérida. Sobre sus melodías enlatadas, se luce improvisando en directo la violinista californiana Aolani Shirin, que se mueve por la escena como un personaje más, ejerciendo de nexo entre los cuadros que se van dibujando por cada rincón a lo largo de la función.

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