Los espabilados

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Miles Gloriosus | Léase atentamente la advertencia incluida en el último de los Textículos de Perroantonio —la versión furiosa y digital del poeta José Antonio Blanco—: “En contra del que pretende ‘llegar al gran público’ vendiendo refrescos, el espabilado del ‘mundillo cultural’ quiere llegar al gran público vendiendo algo más que un producto, la ‘Cultura’, una emanación de tipo espiritual que confiere de forma inmediata estatus intelectual y prestigio social. Porque en la adquisición cultural, aunque se compre un mal producto, siempre está garantizada la adquisición del prestigio anejo, que impregna por capilaridad al comprador”. Eso es, a grandes rasgos, lo que sintieron la mayoría de los tres mil espectadores que abarrotaron la cávea del Teatro Romano la noche del estreno de Miles Gloriosus: un baño de dignidad cultureta a sus limitaciones como meros consumidores de un bodrio vendido merced a espurios reclamos.

“El espabilado”, en este caso, no es otro que Carlos Sobera, el pluriempleado presentador de Mediaset —casi una decena de programas entre Telecinco y Cuatro en el último lustro, a cual más sonrojante—, quien ha traído al Festival de Mérida un (sub)producto teatral en el que su empresa —Arequipa Producciones— se alía con uno de sus socios y mecenas habituales —Jesús Cimarro, director del certamen— para financiar con el dinero de los contribuyentes —canalizado a través del propio Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida como coproductor— un negocio redondo en el que van colocadas, de rondón, su mujer —Patricia Santamarina, como productora ejecutiva— y su hijastra —Arianna Aragón, como insulsa debutante en el hecho teatral—.

En cinco días en la capital extremeña, el aparatoso artefacto sumará los espectadores y las ditirámbicas crónicas que servirán como aval para recaudar, durante la subsiguiente gira, pingües beneficios que serán repartidos de la siguiente manera: una parte importante irá para Sobera, como productor y protagonista del espectáculo; y otra parte, no menos importante, irá para Cimarro, como distribuidor de la gira a través de su propia empresa —Pentación Espectáculos— y como anfitrión de la mayoría de los bolos de dicha gira, desde el 26 de octubre, en el Teatro Reina Victoria de Madrid —que gestiona desde hace cuatro años y que hasta entonces fue propiedad del propio Sobera—. Por descontado, ni un solo euro regresará a las arcas públicas del Festival de Mérida, que en este tipo de operaciones ejerce voluntariosamente como manirroto paganini.

“El gran público”, ajeno a estos tejemanejes, asiste embobado al trágala (seudo)musical y (presuntamente) cómico, más concentrado en adivinar la serie televisiva en la que aparecía tal o cual de los protagonistas y en comentar lo mayor que está Sobera o lo flaca que está la chica de Periodistas, que en atender a lo que se le ofrece sobre el escenario, que por cierto es una libérrima versión de un clásico de Plauto perpetrada por Antonio Prieto. Y se va a casa (medianamente) satisfecho, porque la mera asistencia a un (supuesto) acontecimiento cultural le llena de orgullo y satisfacción, ajeno a la historia y los planteamientos originales del Festival de Mérida, agradeciendo a los gerifaltes políticos actuales el (escaso) pan y el (abundante) circo con que lo provee.

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