Patrimonio de la humanidad

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Sheherazade| Antes de llegar a Mérida, la Sheherazade de María Pagés ya había expresado sus contradicciones, amores y desamores, fortalezas y debilidades, inseguridades, insatisfacciones y soledades en el Liceo de Barcelona y los Teatros del Canal de Madrid, y en los festivales de Salzburgo y de Granada, lo que da una idea de la talla (inter)nacional de la flamante premio Princesa de Asturias de las Artes —junto a la cantaora Carmen Linares—.

En Las mil y una noches, Sheherazade es capaz de transformar las ansias de venganza del rey Shahriar con una sencilla arma: la palabra. Cornudo, como su hermano, el sultán se había cebado con las mujeres de su corte en la creencia de que todas eran infieles por naturaleza. Así, día a día fue acabando con las hijas de sus cortesanos siguiendo un macabro ritual: primero se casaba con ellas y, a la mañana siguiente, ordenaba decapitarlas. Había eliminado a más de tres mil cuando llegó el turno de la hija de su visir, Sheherazade, que se ofreció voluntaria en contra de los deseos de su padre, con el fin de aplacar la ira del monarca. Su talento para la oratoria y su instinto de supervivencia se aunaron en una ingeniosa estrategia: cada noche iniciaba una narración que se prolongaba hasta el amanecer, manteniendo al rey despierto, escuchando con asombro e interés; aduciendo la llegada del alba, la genial narradora posponía la resolución del relato hasta la noche siguiente, y así sucesivamente; poco a poco, la hija del visir fue (re)educando la sensibilidad del sultán y pasó de ser su concubina a convertirse en su esposa y en la madre de sus hijos. Merced a este don, se convirtió en un personaje legendario y sus narraciones recopiladas conformaron uno de los libros capitales de la historia de la literatura.

https://www.festivaldemerida.es/wp-content/uploads/2022/07/-117-900x600.jpgLa dramaturgia de El Arbi El Harti y la dirección escénica firmada alalimón junto a su pareja, la propia Pagés, convierten a De Sheherazade en un espectáculo sintetizador de esta y otras protagonistas femeninas asentadas en el imaginario colectivo y, a la vez, diseminan sus esencias por entre las nueve y una bailaoras que las representan sobre la escena del Teatro Romano. Una docena de coreografías, que alternan magistralmente los solos con las estampas corales, sirve para enaltecer a la palabra como infalible herramienta en la resolución de conflictos, al tiempo que pone en valor el empoderamiento femenino frente a la cerrilidad machista.

Echando mano de melodías que escarban en el archivo sonoro marroquí para fusionarlo sutilmente con su vecino flamenco, el montaje arranca con un primitivo capítulo que anuncia por donde van los tiros: ancestrales percusiones marcan el ritmo de una acongojante coreografía grupal. Y no para ahí la cosa: poco después, se despliega ante nosotros una sobrecogedora estampa en la que las diez bailaoras alardean de creatividad y técnica a partir de un simple elemento, el libro, al que le exprimen tanta belleza que, sin temor a exagerar, la convierten en una de las escenas más bellas vistas en lo que va de siglo en el Festival de Mérida. Con María Pagés como genial corifeo, las otras nueve coreutas alternan la fuerza y la sutileza con maestría.

Pero lo mejor aparece en cada solo de la bailaora sevillana. Sus infinitos brazos, que deberían ser considerados patrimonio de la humanidad, abruman al espectador dibujando un variado catálogo de figuras de insuperable plasticidad. Las luces cenitales que le coloca Olga García multiplican la trascendencia de ese par de miembros que convierten a María Pagés en la más singular de sus colegas de disciplina. Si están a tiempo, vayan a verla: lo que hace sobre las tablas no tiene precio, cueste lo que cueste la entrada.

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