El triunfo de la austeridad

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Tito Andrónico | La saga de los Andrónicos fue tan desgraciada como la de los Atridas (Agamenón, Ifigenia, Electra, Orestes…). Los sucesores y parientes de Tito, el “hombre victorioso” —ese es el significado de Andrónico en griego—, estaban condenados, como los miembros de la más ilustre familia de la mitología clásica, a protagonizar una innumerable sucesión de aberraciones, incluyendo violaciones, mutilaciones y asesinatos entre ellos mismos, es decir, entre hombres, mujeres y viceversa.

Espero que sepan perdonarme el spoiler, pero en la saga de los Atridas ya hubo varios banquetes de carne humana en los que los progenitores devoraban a sus propios hijos sin saberlo. Y también en el mito de Procne y Filomela (y Tereo). De esas fuentes bebió Ovidio para poetizar sus ‘Metamorfosis’; en el inagotable manantial ovidiano abrevó Séneca para componer alguna de sus más rescatables tragedias; y en la obra del moralista cordobés buscó Shakespeare (mucho más que) la inspiración para componer este retablo de la condición humana en el que Tito Andrónico termina ejerciendo de macabro chef, sirviendo la venganza en plato frío.

El bardo de Avon optó por la truculencia a la hora de narrar las vicisitudes del ficticio general romano, que regresa victorioso tras diez años de guerra con Tamora, la reina enemiga, como botín —¿les suena, Troya, diez años de guerra, Agamenón, la princesa Casandra como prisionera?—. Y los estudiosos de su obra aún no se han puesto de acuerdo a la hora de catalogar el resultado: los hay que no ven en ‘Tito Andrónico’ más que una parodia de la obra de su coetáneo Christopher Marlowe; y los hay que se lo toman tan en serio que lo consideran una auténtica tragedia, aunque reconocen que en tal caso la barbarie que contiene es apenas soportable para el público.

El crítico Harold Bloom advierte que, en las representaciones de la obra que ha visto, el espectador “nunca supo bien cuándo sentirse horrorizado y cuándo reír, bastante incómodamente”. Y ese mismo debate lo sufrió el público del último estreno del 65 Festival de Mérida, aunque algunos lo resolvieron tirando por la calle de enmedio: sus risas se tornaban carcajadas cuanto más explícitas se volvían las escenas gore, consecuencia lógica de la banalización de la violencia propuesta por los profetas del cine posmoderno y por su dios Tarantino.

‘Tito Andrónico’ ya se había representado con anterioridad un par de veces en el Teatro Romano: en 1983, en versión de Manuel Martínez Mediero, bajo la dirección de Antonio Corencia —que pilló al cronista echando los dientes—; y en 2009, donde el cronista sí pudo disfrutar —con un altísimo grado de implicación— del huracán Animalario, con una Nathalie Poza insuperable como Tamora y un Fernando Cayo temible como Aarón el Moro.

La versión que ahora presenta Nando López evidencia un notable trabajo de expurgo y poda, del que resulta una dramaturgia ágil que agradece la pátina feminista aplicada por su autor. De ella se aprovecha Antonio Castro Guijosa para confeccionar una puesta en escena trepidante, que obra el milagro de que la obra más larga de todo el Festival sea la que más corta se le hace al espectador. Desde que, en los minutos previos a la representación, el olor a incienso invita a la liturgia, hasta que, en las postrimerías, se nos atraganta el banquete, el montaje presenta una bellísima (y, a veces, impactante) sucesión de escenas, entre las que sobresale la de la cacería, resuelta con ligereza a la manera de Kenneth Branagh.

Y el milagro lo es aún más si tenemos en cuenta que esa belleza se consigue con los mínimos elementos, pues la escenografía de Juan Sebastián Domínguez hace gala de una austeridad —forzada por la pobreza del presupuesto que el señor Cimarro reserva para las producciones extremeñas— que, en esta ocasión, se convierte en su mejor aliada. Arropada por el atemporal vestuario de Rafael Garrigós y las acongojantes caracterizaciones de Pepa Casado, ese impuesto minimalismo permite degustar un provechoso bocado de teatro puro: texto, actores, director, y poco más.

Con esta apuesta Teatro del Noctámbulo se hace definitivamente grande —después de los amagos de ‘Áyax’ (2012) y ‘Edipo Rey’ (2014)— en el Festival de Mérida, y su cabeza visible, José Vicente Moirón, se erige en el sospechoso habitual regional más solvente del certamen, a pesar de que por momentos alardea de una cargante afectación que se corregiría con una dirección más firme. A su lado dan la talla Carmen Mayordomo, elevando su Tamora a la categoría de personaje determinante, y Guillermo Serrano, que acierta a definir la simpática maldad de Aarón con delicadas pinceladas de talento.

 

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