Una ‘kk’

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | La corte del faraón |En la escena que irremediablemente destroza el ritmo de la función, ‘La corte del faraón’ se permite la licencia de recrearse en la política más rabiosamente actual, siendo VOX quien se lleva (casi) todos los palos. Y, aunque la supremacista asociación está sacada directamente de la hemeroteca, el cronista tiene la sensación de que a sus responsables se les va la mano al culminar la somanta con la aparición del mismísimo Ku Klux Klan. Se trata de una broma de superlativo mal gusto que, inevitablemente, incita a pagar con la misma moneda: al KKK que nos imponen desde el escenario le sobra una ‘k’: lo que el espectador tiene que soportar durante algo menos de hora y media es una ‘kk’, con perdón.

Poco (o nada) cabía esperar de una propuesta que llegaba avalada por las dos intromisiones previas del mismo equipo en las últimas ediciones de este Festival de Mérida cateto que nos está quedando. Si ‘Hércules’ (2015) y ‘La bella Helena’ (2017) habían rebajado el nivel artístico de los espectáculos de variedades a niveles inimaginables por estos lares hace tan solo una década, esta insulsa (re)visión de la zarzuela obra el milagro de caer aún más bajo, situando en un alarmante desequilibrio la relación calidad-precio de la oferta festivalera.

La mera inclusión de ‘La corte del faraón’ —una opereta bíblica situada en Egipto— en la programación del Festival obliga una vez más a discutir, por su temática, la presencia de ciertos espectáculos en un certamen consagrado, desde su creación, al mundo grecolatino. Pero es que, además, la ínfima calidad del montaje impele a denunciar su pertinencia en uno de los escenarios más prestigiosos del mundo, algo que, de paso, le regala una audiencia inalcanzable para la mayoría de las producciones patrias.

‘La corte de faraón’ es una de las muestras más populares de nuestro género chico, ese sucedáneo de zarzuela que mezcla sin remilgos la opereta, la revista y el vodevil en formato breve. El original de Perrín, De Palacios y Lleó se estrenó en 1910 en el Teatro Eslava de Madrid —donde bailan los modernos capitalinos desde que el márquetin antepuso el globalizador Joy a su nombre— y, desde esa fecha, se convirtió en uno de los títulos dilectos de nuestro repertorio lírico. Su creación respondía a la moda sicalíptica —malicia sexual, picardía erótica— popularizada en dicho teatro durante el primer tercio del siglo XX, pero su popularidad se topó más adelante con la censura franquista, que lo retiró de la circulación por mucho tiempo.

Tuvo que ser la versión cinematográfica protagonizada por Ana Belén y Antonio Banderas la que recuperara su prestigio, ya en democracia, añadiendo a la ficción la persecución real de esa censura que atravesó el corazón del siglo XX cegada por las anteojeras del odio y la sinrazón. Y de esa fuente es de la que bebe la arrítmica versión supervisada por Ricard Reguant, que, como ya hemos dicho, le atiza a la moderna ultraderecha —si se me permite el oxímoron— sin miramientos.

Lástima que, para ello, eche mano de un reparto que, como publicó en 1953 ‘The New York Times’ acerca de Lola Flores, “ni canta ni baila”. Aunque la diferencia entre lo de ahora y lo de entonces reside en lo que dejó el cronista del diario neoyorquino para su estrambote: de ‘La Faraona’ que actuó en el Madison Square Garden, apostilló: “No se la pierdan”; de la faraona y de su corte que hoy lo hacen en el Teatro Romano, diría: piérdanselos, para no perder su tiempo ni su dinero.

Eso es lo que hay en un montaje que, al menos la noche de su estreno, dejó para el final su número estrella, la conga del IMSERSO, en la que los protagonistas del aberrante (seudo)musical bajaron hasta la orchestra para arrastrar, a la fuerza, a las decenas de abueletes que asistían atónitos a semejante despropósito a un baile hacia el infierno de la vergüenza.

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Cigabuy INT


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