El ‘endionisiador’ que me ‘desendionisie’…

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Dionisio | La canción más emocionante de la presente temporada la firma María José Llergo. En ella, la cordobesa canta: “Me miras pero no me ves”. Lo cuento aquí porque durante las dos eternas horas de suplicio infligido por ‘Dionisio’ no pude sacármela de la cabeza, a pesar de que los monitores de sonido escupían otras músicas de acá y de acullá. Yo miraba a Rafael Amargo pero no lo veía. Sabía que estaba sobre la tarima. Pero no había manera. A ratos escuchaba su taconeo arrastrao. Pero no lo sentía. En fin, que me pasé la noche buscándolo.

Lamentablemente, quien busque hoy disfrutar del genio de Amargo, llega tarde. En el Festival de Mérida pudimos gozarlo en dos ocasiones: primero, robándole aplausos desde un segundo plano a Antonio Canales en ‘Prometeo’ (2000); poco más tarde, como figura consagrada en ‘Troya, siglo XXI’ (2002), junto a María Giménez y Matteo Levaggi. Eran los tiempos en que recibía premios y reconocimientos a cascoporro con su propia compañía, gracias a espectáculos como ‘Amargo’ (1999) o ‘Poeta en Nueva York’ (2002), y era aquel un artista en plenitud de facultades, que fusionaba como nadie en su expresión corporal los vicios del baile flamenco con las virtudes de la danza contemporánea.

Pero de aquello hace ya demasiado tiempo. El Amargo presente se ha dejado ir, en el fondo y en la forma, y ya solo se dedica a pasearse por los escenarios merced a espurias coartadas que le permitan mantenerse en el business. Hace ya más de una década que el personaje devoró al artista y que, por desgracia, sus cualidades se dispersaron por entre demasiados negociados —tele, cine, moda, eventos— que poco o nada tenían que ver con su origen. El precio de esa mala administración de talento lo pagamos ahora todos: él, porque parece incapaz de recuperar el rumbo perdido; nosotros, porque nos quedamos sin argumentos para defenderlo y aplaudirlo.

‘Dionisio’, la nadería que le hemos ayudado a amortizar con dos bolos en Mérida, se estrenó hace un año, con un título más extenso —del que no quiero acordarme— e hizo mini gira por los teatros romanos andaluces —Málaga, Itálica (Sevilla) y Baelo Claudia (Cádiz)—. Sospechosamente, del cuadro artístico inicial se ha caído —entre otros muchos— el nombre del co-director y coreógrafo adjunto, Ramón Oller, que era la verdadera alma artística del proyecto.

Por eso, lo que nos ha llegado a los sufridos espectadores emeritenses ha sido vendido como un estreno absoluto, como algo totalmente nuevo, cuando en realidad no es más que un alucinado pastiche donde la labor coreográfica brilla por su ausencia. La excusa argumental —las tribulaciones del dios de los excesos y su batalla contra lo apolíneo— es tan endeble, que la dramaturgia no se sostiene. Cada aparición de los (seudo)actores invitados —paupérrimos reclamos para la taquilla— produce sonrojo.

‘Dionisio’ es una malísima operación de cálculo en la que ni el número ni el orden de los factores altera el producto: se pueden sumar, restar, multiplicar o dividir, y el resultado sigue siendo pésimo. Amargo intenta alear estampas y artistas tan heterogéneos, que termina fundiendo una amalgama de estilos deslavazada e inefable.

(Casi) todas sus elecciones son equivocadas: solo se salvan de la quema los flamencos, con la sivergonzonería de Pakito Suárez ‘El Aspirina’ al frente y con la extravagancia de Diego Carrasco como cumbre. Otra cosa es que las fuentes oficiales nos tomen por tontos y nos vendan como inéditos temas como ‘Hippytano’, que prestaba su título a un disco de Carrasco publicado hace ya siete años, y que nada tiene que ver con la mitología griega.

Pero resulta que ‘Dionisio’ se promociona como espectáculo de danza, y, salvo la frescura de Saray Cortés, lo que se mueve por delante de los gigantescos bustos silentes —ni tanto como los de Antonio López ni tan poco como los de Jaume Plensa— que presiden la escena, es un sobredimensionado cuerpo de baile que se debate entre un espantoso kitsch orientalizado y una exhibicionista y rancia mariconez —por decirlo a la manera de Mecano—.

Al final, el público termina rabiosamente ‘endionisiado’, mientras el divo se retira de nuevo a dormir en los laureles, endiosado.

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