Una buena función

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | Viejo amigo Cicerón | Si se juntan (y se revuelven) sobre las tablas el texto de uno de los diez mejores dramaturgos de este país, la puesta en escena de uno de los diez mejores directores y la interpretación de uno de los diez mejores actores, muy mal se tiene que dar la cosa para que no salga algo medio decente del ayuntamiento. ‘Viejo amigo Cicerón’ es el flamante paradigma de lo que, para descontento del cronista, escasea en la programación del Festival de Mérida de los últimos años: una buena función de teatro, sencilla, correcta, instructiva, emocionante; nada más, nada menos.

Solo en las últimas temporadas, Ernesto Caballero con ‘La autora de las meninas’ (2017), Mario Gas con ‘Incendios’ (2016) y José María Pou con ‘Moby Dick’ (2018), han deslumbrado por separado. La propuesta que ahora les une (y que aquí nos ocupa) no alcanza el nivel de dichas gestas… ni puñetera falta que le hace. Se basta y se sobra para merecer un aplauso que, incomprensiblemente, la media entrada que lucían las cáveas del Teatro Romano la noche del estreno le concedió a regañadientes; reacción lógica de una claque acostumbrada a las consuetudinarias ligerezas con las que nos sentimos castigados de ordinario aquellos que no vamos de palmeros por la vida.

Vaya por delante que lo que Caballero plantea a la hora de abordar la figura de Marco Tulio Cicerón no es fácil de digerir: un triángulo humano desdoblado en dos tiempos que presenta, por un lado, a un historiador y a dos estudiantes que coinciden en el interior de una frondosa biblioteca donde estos últimos finiquitan su trabajo fin de carrera, y por otro, al propio Cicerón, su esclavo Tirón (Bernat Quintana) y su hija Tulia (Miranda Gas). La maestría del dramaturgo queda patente a la hora de ejecutar las transiciones espacio-temporales: no hay artificiosos cambios de escenografía, ni de ropajes. Los protagonistas dialogan sin solución de continuidad por entre los siglos y los lugares que jalonan un drama que, si acaso, peca de discursivo.

Porque el texto está trufado de muchas de las sentencias que hicieron célebre al humanista romano, al hombre que renunció al miedo, al jurista que defendía, por encima de la justicia humana, la existencia de una ley innata. Aunque esa chicha es la que alimenta un proyecto que plantea razonables similitudes entre la coyuntura de la Roma arcaica y la de la Hispania contemporánea, con el loable objetivo de que el espectador reflexione sobre un puñado de asuntos de capital importancia.

Cicerón estaba adornado con todas las virtudes que brillan por su ausencia en los políticos que sufrimos hoy en día: era filósofo, jurista, escritor y, sobre todo, un brillante orador. A su íntimo enemigo, le preguntaba lo mismo que nosotros deberíamos hacer con quienes juegan con nuestros votos en esta democracia de casino: “Quo usque tandem, Catilina, abutere patientia nostra”. Sustituyan al popular conjurador antirrepublicano por cualquiera de los actuales politicastros patrios: ¿Hasta cuándo vas a abusar de nuestra paciencia?

La pregunta de marras se la formula el maestro retórico a su populista opositor en medio de una pesadilla —en la que también se le aparecen Julio César, Marco Antonio, Octavio y Bruto— resuelta de manera genial por Gas y el responsable de videoescena, Álvaro Luna, que convierten la escena en una de las cumbres del espectáculo. Es ese el único momento en que una escenografía desubicada —pensada para el Teatre Romea de Barcelona, coproductor del asunto— cobra verdadero sentido: cuando los libros que abarrotan los anaqueles cobran vida propia y hablan por boca de sus protagonistas.

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