Vamos a contar mentiras

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | La comedia de las mentiras | No se dejen engañar por el título ni por lo que hayan podido leer o escuchar por ahí: ‘La comedia de las mentiras’ es un artefacto demasiado serio que no pareció gustar mucho el día de su estreno. Con las cáveas medio vacías, el escaso público que se dejó seducir por la tramposa (auto)promoción se aburrió de lo lindo ante un montaje corto en duración pero que terminó haciéndose muy largo, algo que suele suceder cuando un texto radicalmente novedoso se deja en manos inexpertas.

Porque lo primero que llama la atención del flamante estreno del Festival de Mérida es que presenta una trama absolutamente original, nunca vista sobre la escena del Teatro Romano. En vez de tomar prestados, como otros muchos hicieron antes, los enredos de obras plautinas como ‘Pseudolus’, ‘Miles Gloriosus’ o ‘La comedia de la olla’ —que hubiera sido lo fácil—, Pep Antón Gómez y Sergi Pompermayer se la juegan ofreciendo una arriesgada propuesta que desconcierta incluso al espectador más avezado, merced a unos complejos giros dramáticos y a unos diálogos trazados con tiralíneas cuya comprensión resulta inalcanzable hasta para las mentes más entrenadas.

http://www.festivaldemerida.es/fotos/fotos_prensa/2242/files/2242_fichero_1.jpgA mayor abundamiento, desde su faceta de director de escena Gómez monta un espectáculo arrítmico que en nada contribuye a que el desarrollo de los acontecimientos transcurra con la fluidez debida. Por eso mismo, en ningún momento se produce la conexión entre los personajes y el público, que contempla atónito e incrédulo el elevado tono del espectáculo.

Buena culpa de esto la tienen los protagonistas de la función: Pepón Nieto, un desconocido para el público emeritense, realiza un trabajo contenido en exceso; y Canco Rodríguez aburre de solemnidad. Se salva por los pelos Angy Fernández, que deja entrever su larga trayectoria sobre los escenarios haciendo gala de una serenidad y una firmeza admirables. Y están superiores los veteranos, aunque su papel en el juego dramático sea irrelevante: Paco Tous luce una presencia imponente; y María Barranco alardea de una impecable vocalización al tiempo que corretea sobre el escenario con una desenvoltura juvenil.

Y podríamos seguir, analizando el vestuario de Paco Delgado y Paola Torres, o la iluminación de Miguel Ángel Camacho, o la escenografía de Beatriz San Juan, o la música de Mariano Marín… pero para qué. Si el último estreno del Festival de Mérida es una desacomplejada oda a la mentira —moraleja final incluida—, esta reseña también lo es. (Casi) nada de lo escrito más arriba hace honor a la verdad. Solo estas últimas frases. Que conste en acta.

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