Prescindible reincidencia

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | EDIPO REY | ‘Edipo es, junto con Medea, el personaje más fiel a la (intra)historia del Festival de Mérida. Ha estado presente en la programación oficial en un tercio de sus sesenta ediciones y, las más de las veces, las sucesivas encarnaciones del trágico mito griego que han pisado el Teatro Romano se han hecho con un hueco destacado en la memoria de los espectadores. No hace falta remontarse al glorioso dúo formado por Paco Rabal —en la interpretación— y José Tamayo —en la dirección— para encontrar notables puestas en escena de la obra que mejor simboliza la fuerza del destino. Solo en lo que va de siglo, el buen aficionado ha podido disfrutar con dos montajes sobresalientes de la tragedia sofoclea: el primero, ‘Edipo rey’ (2008), dirigido magistralmente por el francoargentino Jorge Lavelli e interpretado por Ernesto Alterio en un insuperable alarde antinaturalista sobre una limpísima versión de José Ramón Fernández; el segundo, ‘Edipo. Una trilogía’ (2009) —que incluía además las historias complementarias de Edipo en Colono y Antígona—, dirigido con inquietante pulso cinematográfico por el francés Georges Lavaudant con Eusebio Poncela como protagonista y con la traducción al castellano de Eduardo Mendoza.

 

Con estos precedentes, el cronista se pregunta por el sentido que pudiera esconder una nueva propuesta, a la baja, de semejante patrimonio dramático http://www.festivaldemerida.es//fotos/fotos_prensa/1231/files/1231_fichero_1.jpguniversal, pero aún no ha encontrado una respuesta satisfactoria. Más bien al contrario, la programación de un ‘Edipo rey’ extremeño para clausurar la sexagésima edición del Festival de Mérida, justo en la semana en que la capital extremeña registra mayor número de visitantes, se le antoja como un necio capricho provinciano de los actuales gestores políticos, artísticos y económicos —por ese orden— del certamen que, paradójicamente, hace más daño a los (presuntos) beneficiados por el asunto que a cualquier otro.

Eso sí, para la ocasión se ha elegido a un maestro de ceremonias de garantías. Al irlandés Denis Rafter se le recuerdan en Mérida al menos dos notables versiones de ‘El sueño de una noche de verano’ shakespeareano: una primera, en 1993, interpretada por una mágica promoción de alumnos de la RESAD que se dejaron el alma en el empeño; y una segunda, en 1999, que tuvo que prorrogar algunos días su estancia en cartel merced a un éxito de público sin precedentes. Para poner en escena ‘Edipo rey’, ha optado por respetar, en la medida de lo posible, los elementos originales de la tragedia griega, manteniendo la preponderancia del coro y rescatando el uso de máscaras. Ayudada por la experiencia de la coreógrafa Cristina D. Silveira, su propuesta destaca igualmente por la riqueza de su movimiento escénico, aunque por el camino se deja lo más importante, el texto. Situada en las antípodas de los ejemplos citados más arriba, la versión perpetrada por Miguel Murillo resulta algo atropellada y obtusa, entorpeciendo el lógico discurrir de los acontecimientos y minimizando los efectos de sus consecuencias.

Con todo, el coro se apodera de la función y raya a gran altura, muy por encima de los protagonistas. Dividido en dos, las mujeres del grupo folklórico Acetre se encargan de aligerar con sus cantos en griego arcaico la crueldad de la tragedia, mientras que los hombres aclaran y engrandecen lo que los diálogos no alcanzan a transmitir. En cuanto al trío principal, Gabriel Moreno encarna a un Creonte apocado e insuficiente, Memé Tabares a una Yocasta atolondrada y antipática y José Vicente Moirón vuelve a enfrentarse al que parece ser su sino: dar vida a un personaje que está muy por encima de sus posibilidades dramáticas, engordando su currículo a costa de empequeñecer su prestigio.

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