Función de fin de curso

Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | DIDO y ENEAS | El Festival de Mérida continúa imperturbable su trayecto de la nada a la más absoluta de las miserias, como la familia de los hermanos Marx. Por culpa de sus habituales desvaríos, el cronista se ve habitualmente impelido a prestar más atención a lo accesorio que a lo fundamental, mal que le pese, y esta sexagésima edición tiene toda la pinta de convertirse en el paradigma de una necedad que va camino de convertirse en legendaria.

De ordinario, nos dedicamos a polemizar desde estas páginas virtuales acerca de la pertinencia de programar en el marco de un festival que se autodenomina “Internacional de Teatro Clásico” propuestas escénicas como óperas o danzas de variado pelaje, en algunos casos basadas en héroes o mitos clásicos cuya filiación grecolatina —consustancial a la (intra)historia del certamen— resulta más que discutible. Asimismo, hemos convertido en costumbre detener nuestras impugnaciones en un punto incontestable: la profesionalidad de los artistas implicados en el asunto. Sea.

 

Sin embargo, hay ocasiones en las que, rizando el rizo de la sinvergonzonería —servilismos políticos, rancios regionalismos y favores mutuos, http://www.festivaldemerida.es//fotos/fotos_prensa/961/files/961_fichero_1.jpgmayormente— se falta escandalosamente al respeto a la historia de un certamen con sesenta ediciones y ochenta y un años de glorioso pasado que se hizo grande, precisamente, porque las figuras que pisaron su escena a lo largo de ese tiempo —de Margarita Xirgu a Nuria Espert, de Paco Rabal a Blanca Portillo— aportaron prestigio al festival al menos en la misma medida que este se lo devolvía a sus particulares currículos.

Mas, de un tiempo a esta parte, sucede que ese intercambio natural ha cedido terreno a una estratagema infinitamente más bochornosa, que alcanzó su máxima expresión el pasado martes con la cesión del Teatro Romano de Mérida a la representación de fin de curso de un taller de ópera impartido en el Conservatorio Superior de Música Bonifacio Gil, un centro mantenido en Badajoz merced al mecenazgo de nuestra nunca bien ponderada Diputación provincial.

Lo que allí se pudo ver fue ‘Dido y Eneas’, una ópera barroca en tres actos, de veintiséis cortes y cincuenta minutos de duración, compuesta en 1682 por Henry Purcell, considerado como el mejor compositor británico de todos los tiempos. En ella se narran los (des)amores entre la reina de Cartago y un héroe troyano relatados por Virgilio en el canto IV de la Eneida, que, para quienes nos vimos obligados a traducir del latín sus correrías en el bachillerato, son una cosa requetesabida.

Me ahorraré, por respeto a los participantes en el montaje, los detalles sobre los distintos aspectos artísticos de un hecho escénico del que lo mejor que se podrá recordar es que fue breve. Pero no quiero despedirme sin formular una pregunta retórica: ¿De verdad existe alguna cabeza pensante al frente de la gestión del Festival de Mérida o del Gobierno regional que lo ampara que vea con buenos ojos la inclusión de un puñado de alumnos como parte de la programación oficial de uno de los eventos culturales más prestigiosos del continente europeo?

http://www.festivaldemerida.es//fotos/fotos_prensa/964/files/964_fichero_1.jpg

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Cigabuy INT


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