Puñalada trapera

FESTIVAL DE TEATRO CLÁSICO DE MÉRIDA - Tiresias

www.nosolomerida.es | Festival de Mérida | JULIO CÉSAR | La pitada que se llevó el ministro Wert antes y después del estreno emeritense de Julio César fue de las que hacen afición y marcan una época. Aquel que manifestara meses atrás crecerse en el castigo, como el toro bravo, fue abucheado el pasado miércoles por el mero hecho de pisar una plaza sagrada para la cultura nacional y devuelto a los corrales con la salud intacta —aunque con el ánimo alterado— merced a que, a diferencia de la Roma clásica, en la España posmoderna nadie se atreve a emular a Bruto. Aún está por nacer el individuo que, llevando hasta el extremo la libertad que el hombre contemporáneo trae de serie, dé la puntilla a la ensoberbecida gentuza que nos (des)gobierna y que, si nada ni nadie lo remedia, convertirá en irrecuperable la estructura educativa y cultural que tanto costó consolidar en un país demasiado acostumbrado a dejarse mangonear por una casta iletrada. Pero, a falta de un líder que empuñe el arma tiranicida, el pueblo va resarciéndose del irrefrenable atropello echando mano de un refrescante derecho al pataleo, que no mata pero incordia.

Otro tanto de lo mismo sucedió tras la función en ese ruinoso ambigú que aquí llamamos peristilo, pues el equipo artístico responsable del espectáculo provocó con sus incendiarias reflexiones el atragantamiento generalizado entre los mandamases presentes, a quienes, por una vez, el jamón de la dehesa extremeña que pagamos a escote los españolitos de a pie les supo todo lo amargo que merecen.

Y luego estuvo la cosa teatral puramente dicha, claro. Tras casi dos décadas de ausencia —desde que el Centro Andaluz de Teatro propusiera una aburridísima visión de los acontecimientos—, regresaban al Teatro Romano Julio César y las legendarias circunstancias de su muerte (y resurrección). Para la ocasión, se ha recurrido al verbo aseado de Ángel-Luis Pujante, una versión moderna y accesible del drama shakespeariano insuperable a la hora de ser declamada sobre un escenario, aunque el cronista siga prefiriendo el clasicismo traductor de Astrana Marín a la hora de enfrentarse al inmortal texto en formato libro.

En cuanto a la puesta, el director Paco Azorín aparca su contrastada maestría escenográfica y limita los elementos accesorios a la obviedad de un fálico obelisco que acabará por los suelos, como la sangre del poder derrocado, y un par de hileras de sillas cuyo constante trajín las lleva a convertirse en Senado o pira funeraria, según la ocasión. Naturalmente, nada tiene que ver esta austera versión siglo XXI, arropada por una marcial escala de grises absolutamente descontextualizadora, con aquellas ajetreadas representaciones de hace medio siglo que José Tamayo atiborraba de extras y semovientes en un continuo ir y venir del Teatro al Anfiteatro. Aquí y ahora, la imperial tragedia alumbrada por Shakespeare al abrigo de las Vidas paralelas de Plutarco aparece despojada de personajes y situaciones prescindibles. Eminentemente masculina, la función se reduce a una ágil hora y media de conspiraciones y dudas existenciales protagonizadas por un octeto de intérpretes cuya presencia gana en relevancia tras la poda.

Cada cual cumple correctamente con su cometido en la propuesta, aunque la presencia de Pedro Chamizo como el joven Octavio Augusto peca de autoridad, por defecto, y de amaneramiento, por exceso, lo cual, sumado a la más que discutible aportación de sus piezas audiovisuales, deja la contribución del extremeño en suspenso. Por lo demás, el resto de los secundarios dotan a sus personajes de alma, corazón y vida, como el bolero de Los Panchos, pero con un afán tan inquietantemente turbio como la espesura que preside el montaje.

El trío protagonista sale reforzado del envite, aunque ninguno raya a una altura suficiente como para hacerse con un rinconcito de la (intra)historia del Festival de Mérida. Sergio Peris-Mencheta se deshace en gran medida de los tics que han convertido su trayectoria previa en una sucesión de trabajos perfectamente olvidables. Su Marco Antonio se muestra cercano y emotivo y, gracias a la persuasiva retórica que Shakespeare pone en sus labios, se erige en pieza fundamental de una puesta que se ve enriquecida con su inclusión.

Al Bruto de Tristán Ulloa le sucede algo parecido: su inestabilidad emocional, su duda existencial y sus luchas internas posibilitan el lucimiento del intérprete, cuyo mensaje se vuelve más magnético cuanto más atormentado se encuentra el personaje. Suyos son algunos de los parlamentos más emocionantes de la obra y sus cuitas las más cercanas al dubitativo espectador de hoy en día.

El Julio César de Mario Gas, contrariamente a lo que viene siendo habitual, adopta las hechuras de un dictador cuya humanidad se sobrepone a las miserias del poder. El que es, por derecho propio, uno de los directores de teatro (y dobladores de cine) más prestigiosos de nuestro país se atreve en esta ocasión con un ilustre protagonista de la Historia, y sale bien parado del reto. Su rotunda presencia —algún crítico lo ha comparado con el Orson Welles crepuscular, aunque los paralelismos con otros grandes actores serían interminables— provoca que la persona influya en el personaje tanto como la dirección del espectáculo. Nunca un tirano se mostró más débil ni sus asesinos nos parecieron más injustos. La sangre derramada del protector tras la puñalada trapera del protegido demuestra que la rabia no se acaba con la muerte del perro. Ser o no ser héroe o villano, esa es la cuestión.

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